El llanto y la llanta

 

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Aunque han pasado muchos años, las heridas causadas por ese acontecimiento no han sanado del todo, pero creo que es momento de hablar, poner de mi parte para redimir ese recuerdo. Era una tarde de verano (así deben empezar los cuentos). La lluvia matutina había sido intensa pero en la tarde el sol radiaba mucho calor, un calor bochornoso, molesto, que nos obligó a salir de la casa, dejar de jugar a los carritos y buscar otro entretenimiento para matar la tarde. -¡vamos a buscar hongos!, en el camino al “clarasol” hay mucho pasto y seguro encontramos. Veía a mi hermano y pensaba en lo incómodo que era traer los tenis y calcetines mojados, pero no había algo más interesante qué hacer, así que nos pusimos en marcha.

La casa más cercana a la nuestra más estaba a medio kilómetro. Alrededor solo había milpas, una magueyera, y más allá una que otra parcela abandonada donde crecían los mirasoles, grandes matas de gordolobo, ruda y chivatitos. Lo que era realmente divertido en esa época era ir a las zanjas que los agricultores cavaban en los linderos de las milpas para evitar la erosión y contener el agua de la venida de las lluvias, nadar ahí era fantástico. Pero aún faltaba varios días de lluvia para que tuvieran buen nivel, así que nos conformamos con buscar champiñones silvestres (aka honguear).

En un camino lleno de charcos, el reto era caer en todos y enlodarse hasta las rodillas. Caminamos hasta un lugar llamado “las coyotas” justo donde atraviesa la carretera federal, pero desafortunadamente no encontramos ningún hongo. Nunca habíamos ido más allá de la carretera, ni pretendíamos hacerlo. Teníamos una seria advertencia de no ir del otro lado de la carretera, así que nos quedamos contemplando los escasos autobuses que pasaban (desde ese entonces soy busólogo). De pronto sucedió algo inesperado. Un estrepitoso estruendo. Muy parecido a una explosión. En ese instante vimos cómo salía disparada la rueda de un camión, rodando por las milpas, derribando el maíz, rebotando sobre los surcos. Qué espectáculo. La llanta fue a terminar su loca travesía en una milpa a caer a escasos 20 metros de donde estábamos sentados, en ese instante nos levantamos y corrimos hacia la llanta que ahora llamo “la tragedia”.

El camión pasó de largo sin darse cuenta que había perdido un neumático, o quizá el conductor no le interesó detenerse para buscar la llanta. Llegamos al lugar mirando extasiados la enorme rueda que aún se estaba caliente. Era la llanta más grande que jamás habíamos visto, más grande que la de un autobús o un tráiler, en perfectas condiciones, sin el rin metálico y un mensaje en ese entonces desconocido: “MICHELIN”. Con un enorme esfuerzo logramos levantarla para rodarla, era evidente que sería muy complicado llevarla al camino, tiramos bastante maíz pero al final lo conseguimos. Era una emoción indescriptible.

Claro que habíamos visto llantas, no era un objeto desconocido, pero lo realmente sorprendente era el tamaño ¡cabíamos dentro de ella!, así que el regreso a casa fue de lo mejor, turnándonos para introducirnos y rodar con la llanta. Ahora recuerdo la extraña sensación de mareo, bajarse de llanta para caer inevitablemente en un charco por efecto del vértigo, ver el mundo desde el interior del neumático ha sido una de la experiencias más extrañas y placenteras en mi vida. El último tramo para llegar a la casa era una empinada, así que la aprovechamos para rodar por la calle hasta encontrarnos de frente con un sembradío de avena, no solo fue peligroso sino totalmente irresponsable, ahora me pregunto si mis problemas para socializar se deben a esas experiencias tan salvajes en mi niñez.

Durante varios días en ese verano, el entretenimiento fue la llanta. Tan solo verla rodar para impactarse con los magueyes era placentero, pero introducirse y rodar con ella era una experiencia que sólo se podía comparar con “las tasas” de la feria, aunque solo disponibles en la fiesta de San Miguel pagando 35 pesos.

La tragedia. La llanta despareció. Una mañana soleada despertamos y la llanta había desaparecido, la tarde anterior la habíamos dejado recargada al pie de un ciruelo en la huerta. Pensamos que mamá o papá la habían escondido, pero ¿por qué harían algo tan cruel y despiadado?, no tenía sentido, así que inmediatamente descartamos esa posibilidad y nos enfocamos reconstruir lo que había pasado el día anterior. Todo fue inútil. Todo estaba perdido. Llanta había desaparecido. Esa tarde lloramos como nunca, llanta era parte de nosotros y la habíamos perdido. Los días siguientes fueron difíciles pero al final llevaderos, total, era verano y la escuela estaba lejos.

Mientras explorábamos la copa de los árboles, nos dimos cuenta que a lo lejos unos niños se divertían corriendo en la empinada al otro lado del valle, quizá a unos 2 kilómetros. Si, jugaban con una enorme llanta. ¡Qué rayos había sucedido!, ¿qué hacían esos niños (odiosos por cierto) con nuestra llanta?. Bajé del árbol indignado, enojado, diciéndole a mamá lo sucedido. Mi madre, de armas tomar, inmediatamente fue a la casa de esos niños. – Mire doña Tarzana, resulta que sus niños están jugando con una llanta que les pertenece a mis hijos, ¿por qué fueron a robársela? No sean abusivos, estos niños (nosotros) encontraron la llanta en la carretera y la teníamos en la huerta.

Mire doña M, mis hijos fueron por las vacas a Santiago y se encontraron con esa llanta en el camino, no se la robaron a nadie, usted no tiene derecho a venir a gritarme a mi casa para decirme que mis hijos son unos ladrones.

En realidad si lo son (ahora), han estado en la cárcel por varias temporadas. Mi madre discutió acaloradamente pero al final no nos devolvieron la llanta. Así que lloramos otra vez, un llanto de enojo, injusticia y sobre todo de impotencia. Nada pasó, hasta que finalmente decidimos recuperar a llanta. Sí, tomar la justicia por nuestras propias manos. Así que armamos un sencillo plan que consistía en esperar a la noche e introducimos al patio de los niños para robarnos lo que por derecho era nuestro. No fue complicado. Regresamos a casa rodando nuestra llanta. El problema fue explicárselo a mamá. Además de lo arriesgado que fue introducirse a una casa ajena, mamá nos hizo ver lo desafortunados que eran esos niños, sin padre, sin juguetes, con apenas algo de ropa, con una mamá que era famosa por las tundas que les daba a sus hijos todos los días. Así que nos hizo devolver la llanta.

Los argumentos de mamá eran tan buenos que por un momento nos sentimos los villanos de la historia. Al final  devolvimos la llanta pensando que habíamos ganado un peldaño al cielo con esa obra de caridad. Lo cierto es que no superamos la pérdida, extrañábamos a llanta y sus alegres saltos por el camino. Pero, oh si, hubo justicia divina. Semanas más tarde nos enteramos que uno de los niños se fracturó el brazo cuando rodaron la llanta en una pendiente más prolongada.