Yo corredor

En diciembre de 1988 inicié con esto de correr. Fue mi tío quien me entusiasmó cuando lo escuchaba hablar sobre el significado de correr. Es una batalla -decía- en cada carrera luchas contra ti mismo. No importa si corres solo o estás en una competencia, si no juegas a ganarte entonces la carrera pierde sentido. Eso me inspiró. Así que en esas vacaciones invernales, sin más, me declaré corredor y empecé a luchar contra mi mismo. En mi propio universo. Al principio pensaba que eso de luchar, solo se refería a mejorar la resistencia o los tiempos. Pronto me di cuenta que eso era lo menos. Hay que luchar sistemáticamente contra el cansancio, las lesiones, el dolor, pero sobre todo contra desgaste emocional que empieza a mermar la motivación y hace que, ante cualquier circunstancia que la vida impone, se tenga que posponer un entrenamiento. Afortunadamente, esas carreras a unos 10 grados bajo cero por aquel gélido valle en el invierno del 88, no hicieron mas que confirmar el camino de debería seguir. No había vuelta atrás.

Con la emoción y expectativa que genera aquello que es desconocido, la noche anterior preparé minuciosamente mi indumentaria. Doble ropa deportiva, bolsas de plástico para cubrir la primera capa de calcetines, suficiente papel periódico para cubrir el tórax y la espalda, sombrero de lana, bufanda, calcetines como guantes, mis tenis Súper Faro y un frasco de nescafé relleno con agua. Y así, ataviado como para ir a un campamento de varios días, a las 4:55 minutos de aquella madruga de invierno dejé mi confortable y cálida cama, para tratar de entender a qué se referían cuando hablaban de correr. Y salí.

¿Qué significa correr?. Cada quien tiene una respuesta, su propia interpretación. Es como preguntar qué es la vida o qué es la felicidad. No hay una respuesta correcta o incorrecta. Inclusive, los argumentos cambian conforme la actividad misma le devuelve nuevos significados. Lo que inicialmente fue competir contra mi mismo, con el tiempo, se ha convertido en un refugio desde donde me puedo verme a mi mismo. Desde donde puedo juzgarme libre y sin argumentos, porque de cierta forma ese a quien miro es otra persona. Quizá es una forma de desprenderme, de sentirme menos yo.

El yo corredor tiene una particular forma de entender las cosas, y eso ha alentado extensas y profundas conversaciones sobre una gran variedad de temas, de los que -debo admitir- no siempre he salido bien librado. Nuestros puntos de vista se han forjado desde circunstancias diferentes. Ambos lo sabemos. Y en consecuencia, somos conscientes que no hay una intención de convencer al otro. Somos respetuosos. No obstante, los desacuerdos han zanjado profundas diferencias que me han obligado a dejar de correr por semanas. El tiempo siempre lo cura todo.

En la radio sonaba Major Tom. Su enigmático sonido del sintetizador en bucle ascendente, detonó un inexorable sentimiento de soledad que seguramente experimentó el propio Major Tom cuando estaba en campaña o cuando se alistó para viajar al espacio, tal como lo atestigua Rocket Man (I Thing It’s Going). Correr, aún en grupo, es una batalla que se libra en primera persona. Una guerra donde lo de menos son los kilómetros, la más cruenta batalla es contra el demonio de la soledad, que se obstina de alimentar la desesperación y la angustia. El ganador no será aquel con la mejor condición física o con tenis tecnológicamente más avanzados, sino el que logra la concentración necesaria para vencer sus propios miedos.

Y el miedo era lo que me hacía temblar. No el frío. A cada paso que daba podía sentir el pasto totalmente congelado, al tiempo que me preguntaba si todo aquello estaba ocurriendo, o si se trataba de uno de esos sueños donde todo mira y siente real y a final de cuentas sólo es producto de la mente. Pero estaba ahí. Podía sentir mi respiración agitada, los sonidos del campo en la madrugada, la tenue luz del firmamento. Estaba ahí, a punto de dar la primera zancada, sin cronómetro, sin forma de medir la distancia ni la velocidad, el propósito de esa primera carrera fue eso, sólo correr.

¿Qué piensan los corredores cuando están en la línea de salida? algunos recitan sus mantras para inducir ese estado mental y psicológico que les ayude a afrontar la carrera. Otros -más analíticos- piensan en su técnica aprendida para mantener un buena cadencia, en administrar su energía para lograr la mayor velocidad. Yo en cambio, pienso en lo que me va a devolver esa carrera. En todo aquello que uno recibe cuando enfrentas la soledad y te encuentras con el yo corredor. Heráclito de Efeso afirmaba que no era posible bañarse dos veces en el mismo río, porque todo cambia en el río y en el que baña. De cierta forma, no se puede correr dos veces en el mismo lugar, las condiciones, el estado de ánimo, el momento son diferentes, y esto hace que cada carrera sea única y único el conocimiento devuelto. Es como un sobre de m&m’s, uno nunca sabe qué le tocará.

Así, tras la primera zancada vinieron muchos años de carrera. Pero, aunque existan una plena convicción de las cosas deben mantenerse así, las responsabilidades que uno asume a lo largo de la vida hacen que tiempo adquiera otra proporción. Dejé de correr por varios años, y un día me vi al espejo con mis 105 kg encima, cansado, hambriento, improductivo, descubriendo al verdadero yo. Entonces decidí a partir de ese día que dejaría de ser menos yo. Luchar contra el yo verdadero que tiene las peores cosas de mi.

Ahora puedo decir que no dejaría de correr, sin embargo la vida misma es incierta. Y entonces encontraré otra forma de luchar contra el yo verdadero, despidiéndome del yo corredor y dándole la bienvenida al yo… nadador quizá. Recuerdo con emoción aquella mañana de invierno del 88, porque ahí empezó esta historia que continúa escribiéndose, y eso es lo mejor de todo.

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