
Era día de San Juan, el fin de cursos en la primaria. De esos días que uno no olvida porque me entregaron mis papeles. Yo los recibí de manos del director de la escuela todo empapado, con la ropa pegada al cuerpo, porque desde la madrugada caía una lluvia que parecía interminable. No era cualquier lluvia, era de esas tormentas que hacían sonar las láminas del techo como si fueran tambores, que dejaban los caminos convertidos en ríos, y que a mi abuelo lo tenían siempre asomado al cielo, mascullando corajes contra las nubes.
Vivíamos a las orillas del pueblo, la casa rodeada de milpas. Mi abuelo sembraba maíz en la ladera de atrás, y la venida del agua deslavaba los surcos, pero su preocupación más grande era el granizo. “desgracia la cosecha en un abrir y cerrar de ojos”, decía, y por eso los campesinos del rumbo se cooperaban para comprar cohetones. No eran los típicos cohetes de fiesta, eran unos cartuchos gruesos, intimidantes, que estallaban con fuerza allá arriba para espantar las nubes malas. El estallido era tan seco y poderoso que parecía que se iba a resquebrajar el cielo.
Mi abuelo guardaba esos cohetones en un galpón, un viejo gallinero que después se volvió bodega, y a nosotros nos tenían prohibidísimo entrar ahí. “Ni se me arrimen, porque cualquier cosa se puede caer en la cabezota, si de por sí andan mal en la escuela, no vaya siendo que se queden más lelos”, advertía mamá. Pero ya se sabe que lo prohibido siempre tiene un extraño brillo. Para mi hermano y para mí, ese galpón era como una cueva del tesoro, palas oxidadas, costales, cajas, herramientas, muchos objetos acumulados por años, la vieja incubadora para pollos, la cultivadora manual que jalaban las bestias, y sobre ésta, los cohetones, dormidos como si fueran guardianes del lugar.
Ese día de San Juan la lluvia no aflojaba. Después de la escuela traíamos ganas de ir a los graneros de la CONASUPO a pasar el tiempo, siempre había algo que hacer, el patio con juegos medio viejos, la cancha chueca de básquet, y el baldío de atrás que servía de campo de futbol. Pero ese día todo estaba hecho un lodazal, ni cómo correr sin resbalarse. Así que nos quedamos dando vueltas en la casa, con ese aburrimiento de los primeros días de vacaciones, cuando el tiempo parece más grande que uno mismo. Y fue justo esa tarde, entre el olor a tierra mojada y el golpeteo de la lluvia en las láminas, que dimos con un secreto que nos iba a prender el verano, el verdadero verano peligroso del 86: un polvo negro, raro, con un tufo áspero, pero medio dulzón, que parecía tierra pero no era tierra, y que cuando tocaba el fuego no sólo ardía… ¡tronaba!, como si el mismísimo diablo le soplara a la lumbre desde dentro.
No sabíamos qué era aquel polvo. Ahí estaba, regado en el piso del galpón haciendo montañitas de ceniza gorda, con un olor espeso, como a humo guardado en costal. En ese momento pensamos que era tierra sucia, revuelta con carbón, porque nos tiznaba las manos, y manchaba la ropa con un brillo negruzco que ni tallándola en el lavadero salía. Ya después, con los años, entendí que las ratas habían roído los cartuchos de los cohetones, y que lo que veíamos en el suelo no era tierra, sino pólvora pura.
El descubrimiento vino de pura chiripada. Una tarde, mamá había acabado de hacer tortillas y el fogón todavía chisporroteaba, agarré una corcholata con la que habíamos estado jugando en el polvo negro y la aventé al fuego. Así nomás, sin pensarlo, como quien tira una piedrita a un charco. En cuanto tocó las brasas aquello tronó tan fuerte que el corazón se me vino hasta la garganta. Yo sentí que hasta las cejas se me chamuscaron. Nos miramos con los ojos desorbitados, entre el miedo y la risa. Fue como despertar a un dragón dormido, y ahí estábamos nosotros, dos escuincles, parados frente al fogón como si hubiéramos invocado al mismísimo diablo sin querer.
– ¿Ya viste cómo rugió? –me dijo mi hermano, con los ojos como platos.
– El diablo mismo sopló la lumbre –le contesté, todavía temblando.
Y mamá ni se enteró, porque ya había terminado de hacer tortillas y estaba en otros quehaceres. Nunca supo que en ese fogón todavía encendido, ahí mismito debajo del comal, nosotros habíamos despertado la chispa capaz de incendiar el mundo entero. Aquel polvo negro se volvió nuestro secreto mejor guardado. Íbamos al galpón como si fuéramos bandidos en tierra ajena: llenábamos corcholatas, bolsitas, hasta los bolsillos, y salíamos corriendo a probarlo detrás de los magueyes. Encenderlo era un espectáculo, primero la brasa tímida, luego la chispa viva que se arrastraba como víbora, y al final ese rugido seco que hacía retumbar el estómago y nos dejaba temblando de emoción.
La idea de vender no se nos ocurrió de golpe, nació solita. Fue un día en los graneros, cuando los vecinitos habían juntado montoncitos de pasto seco y lo estaban prendiendo con cerillos. Octubre ya pintaba el zacate de amarillo, y cualquier chispa corría ligerito entre la hierba. Nosotros mirábamos de lejos, entretenidos con sus juegos de fuego. Principiantes, decíamos, – ¿quieren ver encender de veras?… –les dije, con aire de experto.
Mi hermano fue a casa por una corcholata llena del polvo negro. La echamos sobre el montoncito y de inmediato tronó con un estruendo alegre, levantando chispas como feria. Los chamacos se quedaron con la boca abierta, mirando cómo la llama se alargaba viva, como si corriera con patas por entre el zacate.
– ¡Órale!, ¡qué es eso! –gritó uno, dando un brincote.
– ¿De dónde lo sacaron? –preguntó otro
Nos miramos mi hermano y yo, sabiendo que ahí estaba nuestra oportunidad de hacer negocio.
– Pues si quieren, les vendemos. Una corcholata por cinco pesos.
Se hizo un silencio cortito, y luego luego los hijos de don Bronco, que eran los más traviesos, sacaron monedas como si de verdad hubieran encontrado oro. Y en ese instante nació el negocio vender el fuego embotellado en corcholatas.
Lo malo fue que la pólvora no se quedó en jueguito de corcholatas. Una noche se oyó la boruca, la arcina de don Tanque estaba ardiendo. Era un bloque de maíz seco, apilado en forma de cubo, y de pronto estaba envuelto en llamas, como si alguien hubiera encendido una hoguera de fiesta patronal. El fuego subía derechito al cielo, como si quisiera tostarle los bigotes a San Pedro.
Al día siguiente, otra arcina. Y luego otra, y otra más. En menos de una semana ya iban diez, como si el fuego anduviera de casa en casa escogiendo su antojo. Mientras las personas se apresuraban a enfrentar el fuego, los niños…, nosotros, nomás mirábamos fascinados desde lejos, como si fueran castillos que ardían en un juego que nadie entendía.
El pueblo no tardó en encontrar culpables. Y claro, ¿quiénes iban a ser? Los hijos de don Bronco. Malcriados ya eran, y ahora hasta famosos por andar en la quemazón. Incluso el tema lo abordó el padrecito dijo en la misa:
– Hermanos, no juguemos con el fuego, porque el fuego es de Dios, pero también del infierno.
Mientras tanto, don Bronco iba cargando la cruz. Lo llamaron a la comandancia, le cobraron daños, y medio pueblo lo miraba como incendiario. Sus chamacos quedaron marcados para siempre “los niños que quemaban arcinas”. Algunos decían que lo hacían por maldad, otros que era por diversión. Nosotros sabíamos la verdad: que la chispa había salido de nuestras manos.
El día que todo se destapó en la casa no hubo gritos, ni sermones. Mamá nos sentó frente a ella, nos miró fijo y nomás dijo: “A ver, muchachitos…”. No recuerdo el resto de las palabras, sólo recuerdo la tabla bajando en seco. Cada golpe sonaba hueco, como tambor de feria, y nosotros saltábamos como frijoles en comal. No tardó mucho en enterarse que teníamos una cajita con dinero malogrado, y nos mandó derechito con don Bronco para integrarle todo el dinero. “Tengan, para que se aliviane de lo que hicieron sus escuincles”, él solo nos miró, tomó el dinero y nos empujó pa’ fuera. Qué momento tan amargo.
Mamá remató diciéndonos,
– La pólvora no es juego. Es muerte. Y si siguen de tercos, un día los voy a recoger chamuscados como ratas.
Nosotros callados. Teníamos las nalgas ardiendo y la cara encendida de vergüenza. Y sin embargo, muy en el fondo, todavía nos cosquilleaba el recuerdo de aquel rugido negro que tanto nos había hecho temblar de risa.
El verdadero problema era lo que teníamos en casa, montañitas de pólvora regada en el galpón, esperando apenas una chispa para volverse sol. Mi abuelo lo sabía, y no era hombre de tentarle la suerte. Así que al amanecer del 12 de diciembre, el día de la Virgencita, nos levantó a las cuatro.
– Vámonos, muchachos –dijo serio–, hay que acabar con esta tentación de una vez.
Nos puso a desbaratar los cohetones viejos. Uno por uno, íbamos vaciando los cartuchos en una cubeta de lámina, y el polvo caía como arena gruesa, con un sonido sordo. Al final juntamos casi cuatro kilos, un tesoro negro que brillaba bajo la primera luz azul del día. En la carretilla echamos los palitos, los cartuchos vacíos y la cubeta llena. Caminamos hasta una milpa muy lejos de la casa, allá rumbo al «rancho del Padre». Mi abuelo eligió el lugar, un lote de puro surco seco, sin maíz, sólo polvo. Ahí hicimos el montón con paja y rastrojo que fuimos juntando y vaciamos la cubeta. El abuelo nos dijo «váyanse pal camino, ahorita le echo lumbre a esto». Prendió la lumbre y corrió hacia nosotros. De pronto, sentí como si una mano invisible me empujara por el pecho, caí de boca al suelo y el aire se me fue de golpe. Un bramido seco retumbó en todo el valle, el suelo tembló como si se hubiera abierto, y de pronto el cielo entero se volvió llamarada. Mi hermano rodaba con la pierna torcida, el abuelo me sacudía con desesperación, y yo apenas podía abrir los ojos. No morimos, si es lo que pensaban.
Al día siguiente todavía llegaba el olor a azufre. Nosotros, con las nalgas ardiendo y el pelo medio chamuscado, fuimos al centro a comprar un mandado. Apenas cruzamos la puerta de la tienda de Don «Ojos chulos» la gente nos volteó a ver. Hubo un silencio incómodo y luego uno de los viejos que echaba su ron soltó una carcajada:
—¡Mírenlos, si hasta humo echan todavía!
—Pinches chamacos, son los niños que vendían pólvora, si fueran mis hijos ya los hubiera torcido, dijo otro fulano.
—niños del fuego, dijo en tendero
Todos en el local reían y aunque sonaba a burla, sabíamos que ese nombre se nos había pegado como tizne, y que de ahí en adelante el pueblo ya no nos iba a recordar de otra forma.